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Conciencia y Evolución

  • Foto del escritor: Enrique Buendía
    Enrique Buendía
  • 2 abr
  • 3 min de lectura

Cada entidad en la SIMULACIÓN tiene una frecuencia vibratoria que lo caracteriza. Esta frecuencia está en concordancia con su contenedor, por ejemplo una planta es un contenedor que solamente puede ser habitada por entidades energéticas acordes con sus capacidades vibracionales. En caso de que una entidad energética supere la capacidad vibracional del contenedor, este último quedaría inservible, sino destruido por esta energía invasiva. Siguiendo el símil de una copa de cristal que sometida a una vibración de alta frecuencia, estalla; cualquier entidad que supere la resistencia de su contenedor, lo desintegrará; la muerte o la enfermedad, desde este punto de vista, pueden también ser vistas como el desacoplo fatal entre las energías del contenedor y su huésped.


La materia entonces, podría ser construida, fortalecida, disminuida o destruida por estas energías o entidades vibracionales de distintos índoles. Nosotros somos un tipo de entidad vibracional, o ser energético, que radica temporalmente en un cuerpo o contenedor diseñado, adaptado o evolucionado a la frecuencia humana. Este ser energético o "alma" no rejuvenece o envejece en términos humanos, pero si tiene la capacidad de modificar su frecuencia y amplitud vibracional hacia un nivel superior, como a un nivel inferior. El incremento o decremento de esta frecuencia es generalmente gradual y constante, aunque no continuo, y depende directamente de los actos conscientes de las entidades que los profesan. Según el nivel de conciencia de cada entidad, su nivel vibratorio puede variar, así el nivel de conciencia de una roca, por ejemplo, sería ínfimo pero no nulo, porque en términos de la Lattice de Grimberg, toda entidad que tenga la capacidad de modificar un campo energético para alterar gravitatoriamente el espacio, debe poseer una frecuencia vibratoria, es decir una cantidad de información suficiente para ser entendida como conciencia. Las amebas, las plantas o los insectos tienen en consecuencia, un grado de conciencia, la prueba es su lucha por la supervivencia; toda entidad consiente en un grado u otro, defiende su derecho a vivir en el contenedor que puede albergarlo. Aún la roca insignificante que parece indefensa a las inclemencias del tiempo y del clima, que aunque son semejantes no son sinonimia, se mantiene incólume por siglos ante la erosión del agua o el viento y no solo eso, usa su lenta extinción para dar al reino vegetal y animal los minerales necesarios para que la evolución energética de otras entidades progrese lenta y pacientemente. También las rocas evolucionarían hacía grados de conciencia energética de mayor espectro vibracional. No digamos ahora lo que una planta, nos puede enseñar de cómo vivir y progresar, de cómo ayudar dando y recibiendo; y es donde una diferencia se zanja; evolucionar es un camino de doble sentido, es reciprocidad y empatía, una lección tan simple y tan antigua como hoy le llamamos a la agricultura, actividad que nos grita desde antiguo de que va la evolución en la SIMULACIÓN, ella nos alimenta al tiempo que la perpetuamos.


En resumen, la conciencia evolucionaría a través de un largo camino que nos llevaría de ser energía cósmica a volvernos polvo de estrellas, para ser luego materia, agua, roca, planta; y terminar como consciencias básicas, llámense insectos o animales; y más tarde conciencias evolucionadas, humanos o quizás seres celestiales; qué más da. Somos básicamente la serpiente que se muerde su cola, el Universo creándose y observándose. Miles de millones de años de evolución para ver al Universo sonreír en el rostro de un hijo o un desconocido. La vida vista así, aunque fugaz y casi insignificante, sería la oportunidad única de salir a escena en el teatro del tiempo y el espacio, para representar delante del Universo que nos observa, el mejor papel de nuestras vidas y decir aquí estoy, fui y por siempre seré.


 
 
 

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